jueves, 19 de abril de 2012

Palomas.


Segundo, desempleado. Plaza Benjamín Vicuña Mackenna.

Es muy fácil cazar estos bichos. Mire, lo que hago es primero darles comida, o sea tirar pedazos de pan viejo molido, para que se junten hartas, ahí vienen todas, a veces hasta no les queda espacio y se empiezan a dar picotones. Uno no lo cree, pero son violentos estos animales, incluso a mí me han atacado. Pero bueno, cuando están ahí, todas juntas, todas apelotonadas a los picotazos tratando de comer unos restos, voy y les tiro una malla encima. Como la malla trae unos pesos, las que no alcanzan a arrancar quedan atrapadas ahí adentro, caben unas veinte. De a poquito voy achicando la trampa, con cuidado para que no me peguen mordiscos, hay que ponerse guantes porque son bien asquerosas, de a poco se achica hasta que quedan todas las palomas bien apretadas, tanto que casi no puedan moverse, quedan las veinte por decirle en un espacio del porte como de un televisor, más menos así, bien apretadas cosa que se queden quietas. Mire le voy a mostrar ahora mismo como se hace, ando trayendo una trampa.

Ya, ve que es fácil, se tira este hilito nomás y listo, ahora como la gente mira raro yo prefiero meterlas en una bolsa de basura altiro, cosa que no se vea lo que llevo dentro. Y ahí después las echo en la misma bolsa, así tal como están, en una caja cualquiera y me las llevo a una empresa que está fuera de la ciudad. Cada vez que llego con una caja de palomas me pagan tres mil pesos y me pasan una trampa nueva. Con eso alcanzo a salvar las semanas que no me va tan bien trabajando la calle, me alcanza para comer algo en la tarde que sea. Yo creo que le hago un bien a la gente, si hay tanta paloma que anda suelta cagando por ahí donde se le ocurre. Además eso me dicen donde las entrego, que la comunidad agradece mi labor por la limpieza de la ciudad. Me pasan las tres lucas y la persona que me recibe las palomas dice la misma frase, siempre la misma frase.


Marcelo, empleado fiscal. Alrededores de la Plaza de la Constitución.

¿Qué si se puede circular libremente por las calles y plazas de la ciudad cazando palomas? ¿Usted está loca? ¿Se imagina que la gente transite con un rifle en las manos? Con una red tampoco, como se le puede ocurrir. El Servicio sólo autoriza dentro del marco legal a determinadas personas jurídicas, a realizar funciones para lograr la desinfección y sanitización de la ciudad, labor a la cual por lo demás cada ciudadano debería cooperar cotidianamente, por ejemplo preocupándose por los desechos domiciliarios. El hecho que la ley las califique como animales dañinos, o sea aquellos que por sus características o hábitos, naturales o adquiridos, están ocasionando perjuicios graves a alguna actividad humana realizada en conformidad a la ley, o está causando desequilibrios de consideración en los ecosistemas en que desarrolla su existencia, no autoriza a quien quiera a convertirse en cazador. Esa, además, es una cuestión que no decido yo ni otro funcionario arbitrariamente. ¡No!, es la misma ley la que dice como determinar cuando un animal es dañino, lo hace la autoridad competente, con referencia a marcos especiales y temporales determinados. Y esos marcos, claro está, van cambiando cada cierto tiempo. Yo, la verdad, no sé cuál es el marco vigente en este momento, pero sí le puedo decir que no señala en ninguna parte que la gente puede andar cazando animales en el espacio público, no importa si es con un rifle, con una malla, con una honda, con una caja, con un palo, con las manos. No se puede, por muy dañinos que sean. Como le dije, sólo pueden hacerlo las entidades autorizadas por el Servicio. Así es que si usted quiere dedicarse a la caza de palomas, saque su número, diríjase a la ventanilla de atención de público, solicite el formulario que corresponda, complételo, saque otro número y entréguelo en la oficina de partes del Servicio. Ahora, discúlpeme, pero tengo que seguir trabajando.


Efraín, predicador. Paseo Ahumada.

¡Amiga, amigo! ¡Quisiera pedirle cinco minutos de su atención! ¡Quisiera contarle lo que dice el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo! La Palabra de Dios dice: ‹‹Llegaron a Jerusalén, y Jesús fue al Templo. Ahí comenzó a echar fuera a los que se dedicaban a vender y a comprar en el Templo. Hizo un látigo con cuerdas y los echó fuera a todos. Tiró al suelo las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los vendedores de palomas, y no dejó que transportaran cosas por el Templo. A los que vendían palomas les dijo: “Saquen eso de aquí y no hagan de la Casa de mi Padre un lugar de negocios”. Y les hizo esta advertencia: “¿No dice Dios en la Escritura: mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? ¡Pero ustedes la han convertido en refugio de ladrones!”››.

¿Qué nos quiere decir el Señor con este texto? ¿Quiénes son los vendedores de palomas, los cambistas? ¿Quiénes son los profanadores del Santo Templo? ¿Eres tú, amigo? ¿Eres tú, amiga? A ti, que me escuchas con atención, te digo: ¡arrepiéntete! ¡Arrepiéntete, porque serás perdonada! ¡Y a ti, que no me escuchas, que pasas a mi lado ignorándome, que me miras con esa cara extraña, te digo: serás castigado y arderás en las llamas del demonio! ¡Por qué de los arrepentidos es el Reino de los Cielos! ¡Algún día volverá a caer sobre los hombres la ira de Nuestro Señor, cómo aquella vez en Jerusalén, mi hermano, contra los vendedores de palomas y contra los falsos maestros de la ley! ¿No te das cuenta? Todos ellos prostituían el Templo, lo ensuciaban, lo manchaban con su comercio ¡hasta que el Señor vino y levantó contra ellos su mano! ¡Así es que, hermana, hermano, arrepiéntete! ¡Arrepiéntete ahora, antes de que sea demasiado tarde, porque para la segunda venida de Nuestro Señor El Salvador tal vez ya no te quede tiempo!

Alamiro, montepiado. Plaza de Armas.

Yo no tengo mucho que hacer en todo el día. Me la pasó aquí, leyendo el diario, a la sombra de estas palmeras, tratando de no acalorarme tanto; claro que cuando hace buen clima nomás para no enfermarme, no ve que el año pasado me dio pulmonía y casi paso para el patio de los callados, así que mis hijos ya me prohibieron salir de la casa en invierno. O jugando a las damas en estas mesas bien bonitas que el municipio nos instaló con el tablero dibujado, o a la brisca o al dominó con los otros caballeros que vienen para acá, apostamos unas monedas o nos tomamos unas cervezas o un vino. Al menos por eso no nos molestan, la policía sabe que no le hacemos mal a nadie con tomar unas cervezas. Y, aparte de eso, a veces salgo con una bolsa de pan duro y les tiro de a poco a los pájaros. ¿Por eso me van a echar la culpa de que esté lleno de palomas? ¿Por eso, como si nosotros fuéramos los únicos que alimentamos a estos animales? No sé si acá lo hacen, pero en otros lados del mundo he sabido que hasta venden comida para las palomas en las plazas, son casi una atracción turística más, la gente les tira un puñado y se les posan hasta en la cabeza. ¿Por qué no fomentamos el turismo y llenamos más de palomas la plaza? Así los niños se sacan fotos con animales vivos, no con esos caballos de palo que nunca he entendido muy bien que gracias tienen. La llama que se para, si, es grande, blanca, bonita, está viva, pero, ¿ponys de palo? ¿Quién quiere una foto arriba de un caballo de mentira, chico y de palo? Por último un burro. Cada uno hace lo que quiere la verdad, que saco con meterme. A mi me basta con darles un puñado de pan molido a las palomas, con eso mato un poco más el tiempo, que a estas alturas ya me sobra, así es que tengo que ir buscando cosas que hacer. Imagínese que en invierno hasta llego a echar de menos a las palomas, cuando las veo volando desde la ventana de mi pieza. Y que decir como echo de menos a los compañeros del dominó, algunos no alcanzan a pasar agosto como se dice. Me la paso esperando a que mejore el clima para que me dejen salir, ver a mis palomas y a los otros viejos que van quedando. Una de las cosas que hago en invierno es leer poesía. Va mejor con el invierno, ¿no cree? El verano se lo dejo a las novelas. Hay un poema que habla de nosotros, los jubilados, y las palomas. No me lo sé entero, pero termina con estos versos: “Los jubilados son a las palomas Lo que los cocodrilos a los ángeles”. ¿Lo conoce? ¿Qué querrá decir con eso el poeta? Ya no me acuerdo de quien es, pero desde que lo leí, cada vez que vengo acá me hago la misma pregunta. Quizás cuando la conteste me vaya tranquilo a esperar que se me acabe el invierno.

Alex, estudiante retirado. Riberas del Río Mapocho.

No tenemos que comer a veces. Y a veces estamos hambreados, no hemos comido nada de nada en días, pura chicota nomás para matar el hambre. Pero no alcanza con eso, si hay que comer algo de verdad de repente. Así que si no tenemos nada y no nos aguantamos subimos y tratamos de pescar alguna paloma nomás. A ninguno de nosotros nos gusta matar perros o gatos, por eso preferimos comerlas. La pasamos por el fuego para quemar las plumas, después por agua hirviendo, esa la sacamos del grifo o alguna manguera por ahí que nos conviden, la pelamos bien y de vuelta al agua caliente hasta que quede blandita. Cada una la compartimos entre dos, con eso estamos bien para un día. A veces nos enfermamos, pero de tan volados no nos damos ni cuenta, y si alguien está muy mal hacemos que se vuele harto, lo llevamos a la posta y ahí lo dejamos tirado en la entrada; después vuelven solos. También a veces comemos otro pájaro, ese es mejor, más grande y más rico, vive aquí abajo en la orilla, se llama galoma, no se ve en otros lados que por acá cerca del río. Le pusimos galoma porque es una mezcla entre las gaviotas y las palomas. No sé a cual se le habrá ocurrido montarse al otro, a la gaviota yo creo, no ve donde es más grande. Pero son muy difíciles de agarrar, son más despiertas, así que cuando cazamos una hacemos la media fiesta. Mire, mire, ahí hay una. Igual a una gaviota, pero fea como una paloma.

Kim, inmigrante. Calle Purísima.

Con un kilo de este hacer cinco chapsui. Señor venir a ofrecer hace meses, pasar toda semana. Carne barata y buena, igual a pollo. Carne cocida, carne muy cocida. Yo comer esto desde China, y nunca pasar nada. En China yo comer ratones, palomas, gatos, ¡bichos! y nunca pasar nada, todo cocido bien.

Jaime, portero y guardia. Parque Industrial San Marcos, carretera Panamericana Norte, kilómetro diecisiete y medio.

No tengo la menor idea de lo que pasa adentro del galpón. Mi trabajo consiste en recibir las palomas que se recolectan por los distintos lugares de la ciudad, meterlas en este carro y entregarles tres mil pesos a las personas que vienen a dejarlas. Esta empresa se dedica al control de la plaga de palomas, y me imagino que tienen que matarlas una vez que las capturan, cosa que supongo no pueden hacer en la calle misma, es de sentido común, ¿no cree? La comunidad debería estar agradecida de lo que hacemos por la limpieza de la ciudad. Yo mismo he tenido problemas con las palomas en mi casa, no hay nadie que se salve, si vives en casa hacen nidos en las canaletas como me pasó a mi, estaba tan tapado que con la lluvia en invierno se me vino abajo un lado. Y, si vives en departamento, se meten en el hoyo que puedan para anidar, o al menos se paran en los bordes a cagar hacia abajo. Aunque esa vez, ahora que lo pienso, le pedí ayuda a los demás que trabajan aquí y nadie sabía mucho, lo que encontré raro. Al final me las arreglé solo. No se conversa mucho con los otros empleados, generalmente salen todos solos y callados. Como le decía, no sé que se hace adentro, mi trabajo consiste en recibir nada más las aves y meterlas en el carro. Además tengo que cuidar la entrada, anotar quien entra y sale, las típicas cosas que hace un portero. También tengo que ocuparme de la gente que viene a hacer muchas preguntas, como usted. Así es que le recomiendo que se retire, a menos que tenga algo más que hacer en este lugar, en este momento estamos todos trabajando. Como le dije, sólo somos una empresa dedicada al control de plagas.

Alejandro, empresario. Parque Industrial San Marcos, carretera Panamericana Norte, kilómetro diecisiete y medio.

Así es que usted es la persona que está haciendo preguntas sobre el funcionamiento de mi empresa. Me han hablado bastante de usted, aunque no lo crea. En los negocios hay que tener todo controlado, debe saberlo. Siéntase cómoda, vamos a hacer un recorrido por todo el recinto y le iré explicando como funcionamos. Considérelo un premio a su tenacidad. Se va a dar cuenta de que todo es perfectamente legal, esta empresa no tiene nada de extraordinario, funcionamos en un predio de un sector industrial, tenemos un portero que hace también de guardia y controla quienes entran y salen, y otro montón de empleados cada uno con funciones específicas asignadas de manera tal que se profesionalicen y automaticen en esas funciones, facilitando las etapas del proceso de producción. Hace más de un siglo que las cosas funcionan así en la industria. ¿Vio la película de Chaplin? ¡Es lo mismo! Además de una producción eficiente, fomentamos la privacidad. En esta empresa la discreción es importantísima, tanto así que las comunicaciones entre empleados casi no existen, cada uno debe abocarse exclusivamente a su función. Se preguntará qué logro con eso. Sencillamente que ningún empleado sepa con certeza de qué forma parte, cual es el producto que ofrece esta empresa. Sólo protejo mi negocio. Por lo demás, ¿para que les sirve saber en qué están trabajando? A fin de mes reciben todos su pago, en efectivo, en el más absoluto silencio, sin quejas ni explicaciones y con una puntualidad impresionante. Saben sólo seis cosas, y así he logrado mantener en pie este asunto: su horario de llegada, la función específica que deben cumplir, que no pueden establecer contacto con los trabajadores ubicados en otras máquinas o módulos, su horario de salida, que un día al mes van a recibir en dinero efectivo una buena cantidad, mucho más de lo que ganarían en otro lugar y, la más importante, que trabajan en una empresa dedicada al control de plagas de palomas, de la cual la comunidad debería estar agradecida por su aporte para el higiene de la ciudad. Eso es todo lo que necesitan saber. ¿Sabía que una paloma puede llegar a consumir medio kilo de basura al día? ¿Sabia que para poder digerirlo engullen gravilla y hasta vidrios? No me venga a decir que son fantásticas porque nos ahorran kilos de basura diariamente. ¡Cada paloma es como medio kilo de basura! ¿Sabe que son portadoras de enfermedades peligrosas para el ser humano? ¿Sabe que sus nidos los construyen con sus propios excrementos, con basura, con alambres, hasta con esqueletos de otras aves o animales muertos? Entonces el aporte que hago a la comunidad es enorme, sin contar los beneficios indirectos que genera esta empresa entregando trabajos y productos a bajos costos. ¿Ha escuchado eso de que las palomas son ratones con alas? Bueno, acá nos dedicamos al exterminio de ratones con alas, y además aprovechamos lo que dejan. ¿Le parece que empecemos el recorrido?

Al portero ya lo conoce, ya le explicó además la etapa de recepción. A los recolectores o cazadores se les entrega una credencial que los habilita para traer los animales que cacen para acá, aunque solo para darles un poco de importancia a lo que hacen, se les dice que son colaboradores de esta empresa y si llegan a tener algún problema en la calle, tienen algo para exhibir y dar una explicación con convicción. Con actitud convincente se pueden lograr muchas cosas. A nosotros con eso, hasta ahora, nos ha bastado.

En estos carros llevamos las palomas a la sala de selección, donde se separan las más blancas de las oscuras. Las blancas pasan a las pajareras, y las oscuras directamente al matadero. La separación se hace porque hay una necesidad importante de plumas blancas, y en las calles son más difíciles de encontrar, así es que fomentamos la reproducción de palomas de tonos claros. Todavía nos falta un poco, pero la expansión de nuestro criadero ha sido bastante exitosa. Como puede ver, nos preocupamos por la seguridad de los trabajadores, dentro de esta sala no se permite a nadie sin el traje de polietileno. Luego va a ver a los empleados sólo con mascarillas y guantes, que es el estándar mínimo.

Este es el matadero, ya supondrá lo que hacemos aquí. Disculpe la penumbra, pero tenemos un problema eléctrico hace días. También el olor, tenemos otro problema, igualmente pequeño, de ventilación. Vienen en estas jaulas, siempre separadas según su color, se sumergen en estas piscinas y se envía una descarga de corriente para aturdirlas. Se retira la jaula, se sacan las aves y se las pasa por el proceso de degüelle. Una vez desangradas, proceso que toma unos cinco minutos, se llevan al área de limpieza y desplume. Para el desplume se sumergen primero en agua caliente, luego se sacan las plumas y finalmente se separan las partes inútiles, cabeza, patas y vísceras. Todo este proceso es, por el momento, manual. Es un área peligrosa porque los empleados, casi todos convictos con beneficios o resocializados, manipulan instrumentos cortantes. En ocasiones ha habido riñas entre ellos, algunas con resultados fatales, pero nada que no se pueda ocultar. Todos los desechos que genera este proceso se disuelven en cubos de ácido fluorhídrico, que luego se dejan escurrir por el desagüe. Al finalizar esta estación lo único que nos queda son plumas y carne de palomas. Cada una sigue un proceso distinto.

En esta pieza se efectúa de inmediato el embalado de la carne. Dentro del mismo día se deben distribuir, para asegurar un producto fresco. Ya se imaginará quienes son nuestros principales clientes, quien no ha escuchado ese mito sobre la procedencia de la carne de pollo en los restaurantes de comida china. Bueno, se lo digo, alcanza a ser más que un mito, y no sólo en los barrios más pobres, en todos. ¿Cuál es el problema, si ellos usan un producto que hace años los alimenta? Hasta donde sé, son las mismas recetas que aprendieron en su país. La única diferencia es que al momento de ofrecer el plato se hace un ajuste para satisfacer la idiosincrasia local. Y así tienen locales llenos, que ofrecen comida sabrosa a un precio económico. No es problema mío en todo caso, yo sólo les entrego lo que necesitan ¿Nunca ha sospechado cuándo en la carta dice chapsui de ave? A pesar de eso, lo pide, y, después de que llega humeante a su mesa, usted y su familia lo comen felices. Vamos a la sala de plumas.

Como ya le dije, las plumas viene separadas según el color. Primero iniciamos un proceso de secado, con estos grandes ventiladores, y una vez que están secas las calificamos según su peso y tamaño. Las más pequeñas y ligeras por supuesto son las mejores, pero las más escasas. La gracia de la pluma de paloma es que, como el ave es pequeña casi toda alcanza a utilizarse, es muy fina y equivale a la pluma de ganso, que es la usada tradicionalmente y que reemplazamos con nuestro producto. Entonces la selección es ante todo para distribuirla bien en los productos que fabricamos, y no haya una mayoría de plumas gruesas o al revés. Otra cosa importante es que la proporción de plumas claras y oscuras sea a lo menos equivalente, lo ideal es que tengamos más plumas blancas, pero es difícil. Eso mejorará en la medida en que la población de nuestras pajareras crezca. Por ahora nos conformamos con un cincuenta por ciento de plumas claras. Eso se concreta en un recinto ubicado en otro lugar, donde enviamos la pluma seleccionada para la confección y relleno de productos. Por ahora fabricamos únicamente plumones, almohadas y cojines, su elaboración es más sencilla ya que las formas son todas cuadradas. Tenemos un equipo de costureras que trabaja a un ritmo excelente, rellenando y cosiendo, rellenando y cosiendo. El proceso completo, como puede ver, es artesanal. Ellas mismas efectúan el rotulado, cumpliendo con las proporciones que le mencioné antes. ¿Se ha fijado como se salen las plumas de su plumón? Tratamos de que esas plumas sean en la mayor cantidad posible blancas, así evitamos problemas con los destinatarios finales. A nadie le gustaría ver que salen y salen plumas grises de su almohada. En todo caso nunca vendemos esto como si fuera pluma de ganso, solo indicamos que es pluma, de pecho, o de cuerpo, pero pluma al fin y al cabo. Que la gente suponga cosas que resultan no ser ciertas, no es asunto nuestro, y el distribuidor tampoco nos exige claridad, conformándose con nuestros bajos precios. Yo al menos sospecharía, tal como sospecharía si en el restaurante de comida china me ofrecieran chapsui de “ave”, al ir a comprar un plumón de pluma, sin saber pluma de que animal. No es problema mío que la gente sea confiada. ¿Ha preguntado cuánto cuesta un plumón de pluma de ganso, de pecho? Es cosa de sumar dos más dos para al menos representarse la posibilidad de que la pluma no sea de ganso, pero nadie jamás ha preguntado nada. Nuestros productos dan al usuario la misma satisfacción, pagando un ochenta por ciento menos y, ¿alguien se queja? A fin de cuentas, todos salen ganado, de una u otra manera. Hasta los ecologistas, deberían estar conformes, no se imagina el sufrimiento que les ahorramos a los gansos. Para mí, lo importante es que la empresa siga expandiéndose, hasta llegar a la confección de prendas de vestir de alta montaña y sacos de dormir, donde se puede marginar bastante. Por ahora vendemos la pluma clasificada a quienes están en condiciones de hacer esas cosas, pero para allá vamos.

Con esto terminamos el tour. No crea que esto pasa solamente aquí. No, ¿ha escuchado el refrán de pasar gatos por liebres? Bueno, en ese caso es peor porque el engaño es explícito, se ofrece una cosa y se entrega otra. Así como nosotros, que vendemos plumas, los inmigrantes asiáticos venden chapsui de ave y de carne. La próxima vez que compre una mesa, pregunte de dónde salió la madera. Pregunte de qué animal es la lana. No crea mucho cuando el vendedor de la multitienda le diga que es de oveja, porque él no ha visto cuando la esquilan, quizás alguien le ha dicho que es de oveja o quizás se imagina que es de oveja. O el cuero de los zapatos que está usando. Se ven blandos y suaves, ¿así son o no? ¿Cuánto le costaron? Capaz que no sean de antílope como cree. Podría seguir dándole ejemplos. En el refrán podría cambiarse el gato por trucha y la liebre por salmón, pregúnteselo la próxima vez que vaya a comprar salmón. ¿Anda en taxi? ¿Usted realmente cree que el taxímetro cambia cada doscientos metros? Dejémoslo en la mitad para no ser injustos con todos los taxistas. La otra mitad hace lo posible para parar en cada luz roja, ¿se ha fijado cómo van de lento, los ha visto apurarse para cruzar alguna luz en amarillo? Ni hablar de los políticos. No, voy a ser generoso, tres cuartos de los políticos, dejemos a salvo a unos cuantos, que en todo caso no pueden ser más que en el gremio de los taxistas. No crea nada de lo que dicen esos tres cuartos. Si le preocupan los animales, le preocupará lo de los ríos en el sur. Abra los ojos, la central hidroeléctrica la están construyendo hace rato. Qué más, ¿las torres gemelas? Para que voy a seguir.

La voy a dejar con Jaime. Por precaución, antes de salir la va revisar en una pieza que tenemos especialmente para eso. No vaya a ser que nos esté grabando. Como ya le dije, este es mi negocio y para que funcione debo tener todo controlado.


martes, 17 de abril de 2012

Cita 11.

-¿Y por qué se te pone la carne de gallina? -dijo Mascarita-. ¿Qué es lo que tanto te llama la atención? ¿Qué tienen de particular los habladores?
En efecto, ¿por qué no podía quitármelos de la cabeza, desde esa noche?
-Son una prueba palpable de que contar historias puede ser algo más que una mera diversión -se me ocurrió decirle-. Algo primordial, algo de lo que depende la existencia misma de un pueblo. Quizá sea eso lo que me ha emocionado tanto. Uno no siempre sabe por qué lo conmueven las cosas, Mascarita. Te tocan una fibra secreta y ya está.

El hablador.


domingo, 8 de abril de 2012

Maino.

En el antebrazo derecho lo acompaña la patrona de Chile. Cuando niños nos contaba que era un homenaje a su madre, que la virgen se la había tatuado por ella, muerta en los años sesenta. Él estaba embarcado, a miles de millas marinas de distancia, trapeando la cubierta del buque escuela. Allá mismo, en la lejana superficie del océano Pacífico, uno de sus compañeros de litera le teñía la epidermis al ritmo bamboleante de las olas, ayudado apenas con un poco de tinta y una aguja. Más de cuarenta años después los trazos azulados de la virgen se derriten por su piel blanca y se confunden con sus venas. A pesar de lo gastado de sus huesos, mantiene una energía semejante a la que tenía cuando le dibujaron el brazo. Viaja kilómetros en bicicleta a las cinco y media de la madrugada para llegar al lugar donde es por primera vez capitán, sentado detrás de un escritorio, donde los mástiles se convierten en escobas y el timón en un citófono. No pierde detalle de lo que ocurre en cada uno de los dieciséis departamentos que custodia, desde las furcias que aparecen y desaparecen en el doscientos uno, hasta la forma en que se diseca lentamente el anciano del seiscientos dos, agudizando el olfato para ser el primero en sentir la podredumbre. A los setenta años es el corazón desvencijado de un edificio lleno de inquilinos de clase media. A las seis aparece en su bicicleta, protegido tan solo con un peto reflectante; en invierno se vuelve a calzar su viejo gorro de lana azul marino. A las siete ya vació los contenedores de basura. A las 8 trapeó, igual que cuando estaba en el buque, todos los suelos del edificio. A las nueve intenta ocultar sus hedores rociando la recepción con aromatizador. A las diez conversa con los taxistas del sector. A las once revisa la correspondencia a contraluz. A las doce calienta la olla en que trae el almuerzo preparado por su mujer. A la una está durmiendo siesta. Sus dientes también descansan al fondo de un vaso con agua. Si no hay interrupciones retoma las labores a las dos. Se instala los dientes, toma su vaso de agua, y manos a la obra. Dirige con estilo marcial la barcaza. Aunque no conozca todas las respuestas tiene una para todo. Es diestro con el destornillador y con el trapero. Ayuda a la jubilada del cuatrocientos uno cargando las bolsas de supermercado con sus recios brazos de marino, adornado también el izquierdo, con un ancla. En verano se pasea semidesnudo, luciendo, debajo de la cotona azul, el pecho duro y frío. Ese mismo pecho aplastaba cabezas en las cavernas del buque escuela. Con la camisa arremangada, con los mismos ojos azules y con los mismos brazos que ahora ayudan a ancianas indefensas, centelleantes en la penumbra de las claraboyas, como si tuvieran encerrados el océano, ahogaba almas por segundos infinitos en las oscuridades de la Esmeralda, sin importar las ofensas a los héroes de la patria. Apretaba los cráneos con sus dedos de acero primero, amordazaba jóvenes rebeldes, y luego los sumergía lentamente en barriles de agua, orina y mierda. Al fondo seguía estrujándoles las sienes. Una sola persona le ha enrostrado su pasado en este presente de siestas y asuntos domésticos. Es la Verito, aliñada, criada en el campo a las afueras de Santiago, endurecida por la crianza de sus 9 hermanos y la custodia de un marido borracho. Apatronada, no aguanta jamás los atrevimientos del viejo marino, repetidos cada vez que se asoma por el recibidor del edificio. Al lado de sus ojos, los de Maino son apenas de un celeste desteñido.

A mediados de diciembre, al retirarse la Vero del edificio, como siempre la esperaba con la puerta de acceso abierta, erguido y apoyado con el codo en alto, el marino. Le gustaba hacerse el caballero, tanto como le gustaba parecer diligente.

-Estoy de luto-, atacó el conserje entusiasmado, intentando amarrar a la doña con algo de conversación antes que terminara su turno.

-¿Y por qué no lo veo de negro oiga? ¿Qué le pasó, se va a morir mañana y se está preparando?

-¿No sabe lo que pasó?

-Hasta donde me he enterado, no ha pasado nada que me preocupe fíjese.

-¿Cómo, no sabe que se murió el general? ¿No está triste acaso?

-Eso era. Cuándo se muera mi papá voy a estar triste, qué me importa a mí ese caballero. Un par de cosas buenas habrá hecho, pero de ahí a estar triste… ¿Y por usted, qué hizo que le da tanta pena? No me diga que va a ir a esperar la carroza con una bandera en la mano, como esas viejas que mostraron en la tele.

-Pero claro, si yo soy uniformado igual que él. Ahí me voy a parar a esperarlo, lo voy a despedir en posición firme, cuando pase le voy a dar el saludo que se merece.

-Está mal usted, ¿no sabe cuánta gente se murió por culpa de ese viejo? ¿Y lo que se robó? Si así y todo le va a rendir honores, está loco, que más le digo.

-¡Respeto por mi general! ¡No sea malagradecida, si nos salvó de los comunistas! ¡A usted incluida!

-¡Cómo que malagradecida! ¿Qué se ha imaginado? ¿Y usted, a cuántos mató?

-Para eso no tengo memoria- respondió, altivo, Maino.

-¿Y está orgulloso de haber matado a esa gente indefensa?

-No puedo estar orgulloso del cumplimiento de un deber. Estoy orgulloso de mi lealtad a la Armada de Chile.

Es la última conversación entre Maino y la Vero. Dio media vuelta, airada, y tras ella se cerró para siempre la mampara. Después de cruzar la calle seguía escuchando el eco de la voz del viejo.

-¡Pero no se me enoje Verito!

La Verito ya no trabaja en el edificio. No se despidió de Maino. Él tampoco trabaja en el edificio. No volvió de una operación al hígado. Un temblor lo levantó a mitad de la noche, mientras se recuperaba acostado en su camastro. Lo venía a buscar y se lo llevó sin avisar, cuando parecía que iba a resistir hasta al cáncer. Fue la primera vez que sintió miedo y no aguantó. ¿Seguirás sintiendo miedo, ahora que te estás pulverizando? ¿Es tú calavera la que comprimen ahora? ¿O estás esperando, una vez más, con la puerta abierta, a la Verito?

C10.


Alonso: ¡Buen contramaestre, cuidado! ¿Dónde está el capitán? ¡Condúzcase como un hombre!
Contramaestre: Se lo suplico, quédese ahora abajo.
Antonio: ¿Dónde está el capitán, maese?
Contramaestre: ¿No lo has oído? Estorbas nuestra labor. Quédense en los camarotes, ayudan a la obra de la tempestad.
Gonzalo: Ten paciencia, bravo.
Contramaestre: Cuando la tenga el mar. ¡Fuera de aquí! ¿Qué importa a estas olas rugientes el nombre de un rey? ¡A los camarotes! ¡Silencio! No nos perturben.
Gonzalo: Bien, pero recuerda a quién tienes abordo.
Contramaestre: Nadie a quien ame más que a mí mismo. Tú eres consejero; si puedes imponer silencio a estos elementos y restablecer en el acto la calma, no tendremos que tocar ni un cable. Usa tú autoridad. Si no, agradece haber vivido tanto tiempo, marcha inmediatamente a tú camarote y prepárate para afrontar el infortunio de la hora, si llega. ¡Ánimo, hijos míos! ¡Fuera de nuestro camino, digo!

La Tempestad.

domingo, 1 de abril de 2012

Don Fermín.

Don Fermín lleva cuarenta años detrás del mostrador, atendiendo al barrio completo con incansable amabilidad. Instaló el almacén en el primer piso de su casa, adquirida con los ahorros granjeados tras quince años de trabajo comerciando al menudeo en ferias libres de Santiago. La entrada da a calle Santa Isabel y es amplia, como si invitara a pasar a los transeúntes. Don Fermín vio nacer el barrio, nos vio jugando a la pelota, crecer, vio morir a los abuelos y a algunos otros no tan viejos. Ha visto también como se han destruido las casas y en su lugar han levantado enormes torres de edificios. Él les dice panales, aunque siempre precisa que de avispas, no de abejas, que les falta la perfección de esos panales, el propóleo, la miel. Ya quisieran ser una estructura tan perfecta y segura como un panal. Dice también que son conventillos en altura.

No me acuerdo hace cuanto conozco a Don Fermín, aparece en mis primeros recuerdos, cuando acompañaba a mi madre a comprar algunos vegetales o azúcar. Antes de irnos, metía la mano, afirmando un cucharón metálico, dentro de un enorme pastillero de vidrio, sacándolo lleno de dulces de colores. Me encantaba ir y esperaba ansioso ese momento, hipnotizado por el arco iris dentro del frasco. Todavía está, pero no me parece tan grande. Cuando aparecen niños Don Fermín sigue regalándoles dulces, aunque ahora su mano tiembla mientras la acerca al recipiente y a veces tienen sabor rancio. Tal como el frasco, todo el local se mantiene petrificado en el tiempo. La misma vitrina refrigeradora celeste al lado de la caja, llena de cecinas y quesos, la misma balanza blanca, el mismo refrigerador enorme con bebidas, las más frías que jamás he tomado, y al fondo los mismos anaqueles atiborrados con bolsas de arroz, porotos, sobres de sopa y jugo en polvo, tarros de café, bolsas de sal, como una enorme e infinita despensa. El suelo está lleno de botellones con vinagre de campo, garrafas de vino, de aguardiente, todas con una gruesa capa de polvo. Del techo cuelgan propagandas que se mueven con las corrientes de aire, atados de ajos, y herramientas de aseo, escobas, baldes y paños. Parece un milagro que el local sin nombre de Don Fermín –nosotros solo íbamos donde Don Fermín- haya sobrevivido todos estos años, sin haber vendido jamás una de esas escobas y baldes o esas garrafas de vino avinagrado. Aunque no tenga nada que comprar, cada vez que ando por el barrio entro a saludar al viejo Don Fermín. Las veces que acompaño a mi madre, ya anciana, parece que el tiempo retrocediera en su cabeza y antes de irme me ofrece también el cucharón con caramelos.

A pesar de su edad, de la cabeza casi completamente calva, los anteojos de cristales gruesos y la barba cana, Don Fermín mantiene un espíritu vigoroso, el vigor que pueden entregar solamente años ininterrumpidos de trabajo dedicado y una vida esforzada, pero tranquila. En todas las conversaciones que mantenemos muestra una memoria formidable, recordando detalles de sus aventuras de juventud, cuando recorría solo las ferias comprando y vendiendo por los arrabales de la capital, o anécdotas vividas con otros vecinos que ahora esperan a Don Fermín en otra parte. Repasando el anecdotario estábamos, cuando apareció uno de los nuevos clientes, uno que había bajado de los panales. Era joven y estaba levemente borracho, venía con una botella de pepsicola a medio vaciar.

- Hola, sabe, le compré esta bebida en la tarde y me salió desvanecida, me la cambia. Tenía bonitos modales de joven insolente.

- Claro hijo, déjame sacar una del refrigerador. Don Fermín, ahí sentado en el mismo piso de hace décadas, detrás de las vitrinas llenas de confites que achicaban el mesón, no estaba para problemas con niños ebrios. Sabes, no me quedan de esas bebidas, ¿puede ser de otra marca?.

- No, tiene que ser Coca-Cola, es la única que me sirve. No ve que estamos tomando piscola.

- ¿Y cuántas se tomaron con la mitad de la bebida desvanecida?

- Ninguna, no ve que no alcanzamos a tomarlas, nos servimos cuatro y ahí vimos que estaba mala. Usted me tiene que cambiar la bebida, quiero esta y no otra. Usted me vendió un producto malo y tiene que cambiármelo. La ley del consumidor lo dice.

- Ah, un abogado, que interesante. ¿En que año vas? Mi hijo estudió leyes también. Estudió derecho en realidad, tú debes estudiar leyes.

- En quinto.

- A ver, tinterillo, préstame tú botella. Veamos si está desvanecida como dices. Con inusitada presteza, don Fermín le arrebató al joven su media botella de bebida. Sacó, de abajo del mesón, un vaso grande, de esos potrillos en que sirven mote con huesillo, con un concho de agua turbia. Del refrigerador tomó tres cubos de hielo y los metió en el vaso. Abrió la gaseosa y lo llenó. Mientras el líquido caía y se escurría entre los hielos, el carbonato de sodio se liberó explosivamente. Una hermosa capa de espuma acaramelada subió hasta desbordarse por uno de los lados del vaso. El muchacho presenciaba esto con la cara llena de vergüenza. Me paré a sus espaldas, encerrándolo contra el mesón. Don Fermín tomó tres tragos largos del vaso y exhaló ruidosamente.

- Aaaaaaaaah! No veo que esté desvanecida. Mira, pruébala. Mientras atrincaba al chiquillo, estiró apenas la mano y afirmó el vaso. Con un ademán lento, tomó un traguito.

- No seas tímido, tómatela toda, si es tuya. Tras la exhortación, se tomó lo que quedaba al seco. Hizo un intento por retirarse, pero Don Fermín afirmó su antebrazo, apretándolo contra el tablón con su enorme y gruesa mano de descendiente vasco. Espérame un poco, te voy a dar algo. No pongas cara de asustado, si no te voy a hacer nada. Se agachó tras el mesón y salió con un jarrito de agua en la mano derecha. Llenó el potrillo hasta la mitad y se sacó la placa. Recordé que en ese vaso guardaba la plancha de dientes postizos a la hora de la siesta, que cuando chicos jugábamos a robar. Terminaba siempre persiguiéndonos por la plaza, con la cotona celeste al viento y gritando entre los hoyos de sus encías, a las que les faltaban un par de incisivos, un canino, y la mitad de los molares, que reemplazaba con ese montón de dientes de porcelana e incrustaciones metálicas. La soltó sobre el vaso y se sumergió lentamente, ampliada por efecto del cristal. En la otra mano llevaba la vieja cuchara de lata que usaba para sacar caramelos. La metió hasta el fondo del pastillero y salió llena de dulces, tronquitos de color rojo, verde, amarillo y azul por fuera, y con un dibujo minúsculo al centro de su parte blanca, una bandera chilena, una flor o una pelota. Vació los caramelos en una bolsita de papel, que puso en la mano abierta del niño.

- Toma, llévale esto a tus amigos. Para que acompañen el trago.

Cita 9


Tiene piedad, la gente, de los inválidos y los ciegos y se puede decir que tienen amor en reserva. Yo lo había sentido, muchas veces, el amor en reserva. Hay en cantidad. No se puede negar. Sólo, que es una pena que siga siendo tan cabrona, la gente, con tanto amor en reserva. No sale y se acabó. Se les queda ahí dentro, no les sirve de nada. Revientan, de amor, dentro.


Viaje al fin de la noche.

jueves, 23 de febrero de 2012

Mate.

¿A qué hora salen a sacar leche?

Por ahí por las siete y media un cuarto pa las ocho. Nos juntamos primero a tomar mate y de ahí parten a lechar.

Claro, toman desayuno primero.

No, tomamos matecito nomás, todos juntos, lo primero del día es tomar el mate para tener energías. A la vuelta de lechar se toma el desayuno, yo preparo pancito mientras ellos sacan la leche y así los espero con el desayuno listo.

A las seis treinta de la mañana la mamita empieza a hacer funcionar la casa. La cocina a leña es el centro de todas las labores domesticas. Revive, la mamita, el multifuncional horno donde aún quedan un par de brasas, ya en sus últimos ardores, de la noche anterior, cuando ella fue la última en acostarse. El viejo también se levanta temprano, pero él espera, sentado en su mecedora observando en silencio desde un rincón privilegiado, a que le entreguen la hierba de turno. Con unos puñados de virutas, unos palos finos, otros más gruesos y unos cuantos resoplidos, reanima la fiel cocina, enorme armatoste de hierro desmontable, que empieza a dar vida a sus días campesinos. La azulada y tímida luz de la madrugada ingresa por las pequeñas ventanas mientras, desde dentro, el anaranjado inquieto de las llamas matutinas escapa ocasionalmente por las puertecillas entreabiertas de su caja de fuego y de los aros metálicos que tiene por quemadores. La madre sigue amasando la mezcla para el pan mientras espera que bajen los demás miembros de la familia, a tomar el mate que les dará fuerza para las primeras actividades cotidianas. La gran tetera se calienta mientras empieza a clarear la mañana.

La mamita sigue dirigiendo el rito, desde que llena de hierba una diminuta taza enlozada, que conserva el mismo celeste brillante desde hace décadas, hasta que lo entrega lleno de agua caliente a su marido, a sus hijos, y a toda otra persona que se asome y es invitada por ella misma a compartir. Todos se reúnen en torno a la cocina, donde está el fuego, el calor, el hogar familiar, al igual que los romanos hace miles de años y otros hombres en tiempos todavía más antiguos. La tacita hace círculos de mano en mano, volviendo siempre al centro, a la mamita, quien coloca, con cuidado, cada vez una cucharadita de azúcar y la rellena de agua, para entregarla a la persona siguiente. Así da vueltas por una hora que pasa lenta, que no tiene apuro alguno, yendo y viniendo de la periferia al centro, compartiéndose la bombilla, compartiéndose el agua y la hierba, hasta que se agotan, el agua de la tetera y el sabor amargo de la hierba. La única que no se agota es la madre que, con su pelo tomado y delantal puesto, no se cansa de preparar todo para el día, todos los días, de amasar el pan, de esperar que los moldes y bolas de masa crezcan por efecto de la levadura, hasta el punto exacto para meterlos al horno, para esperar nuevamente hasta que esté cocido, mientras los hombres salen a arriar vacas y sacarles las últimas leches del verano, mientras prepara el desayuno para su vuelta, mientras se afana limpiando ollas, trozando piezas de carne o pelando un pollo y disponiendo otras viandas para el almuerzo y la once. Tampoco se cansan su sacrificio, ni su sencillez, ni su generosidad. Ella misma es más importante que el fuego y que el mate. Sin ella no está listo el mate para ser bebido, cuando el sol detrás de las montañas empieza a apuntarse y los hombres se levantan. Sin ella, no se prende la cocina en las mañanas.

martes, 17 de enero de 2012

Cita 8

Yo practico un jueguecito conmigo misma, también Linzi lo juega, decides hasta qué punto es apetecible alguien. Si no son muy apetecibles, dices: "Es sólo un martes", queriendo decir que si te llama para salir solamente le reservarías una noche a la semana. Lo mejor es llamarle a alguien "Siete Días a la Semana", lo cual quiere decir que le reservarías todos los días si te lo pidiese. Así que este chico está mirando los lirios y yo estoy sacando el IVA de un envío múltiple pero al mismo tiempo mirándole por el rabillo del ojo y pensando: "Eres un de lunes a viernes."
Luego me hace recorrer con él toda la tienda y coger flores azules o blancas, ninguna otra. Le señalo unos bonitos alhelíes rosas y finge un enorme estremecimiento y dice "Aaajj". ¿A quien se cree que impresiona? Como esos chicos que vienen a comprar una sola rosa como si nadie lo hubiese hecho nunca. Si un chico me regala una sola rosa roja, le digo: "¿Qué has hecho con las otras cinco, se las has dado a tus otras novias?".
Luego estamos en el mostrador y se inclina todo engreído y hasta me coge la barbilla y dice: "¿Por qué tan triste, bonita mía?" Cojo las tijeras, porque estoy sola en la tienda y si me vuelve a tocar va a salir de aquí sin algo con lo que entró, cuando la campanilla de la puerta suena y entra ese otro chico con traje de ejecutivo, un aburrido yuppie. Y el presumido se queda completamente cortado porque ese chico le conoce y acaba de pillarle tratando de ligarse una chica en una tienda, cosa que no es su estilo en absoluto, y se ruboriza todo, completamente colorado, hasta las orejas, me he fijado en las orejas.
Luego se queda muy callado y me tira el dinero y me dice que me dé prisa que está deseando llevarse al otro chico de la tienda. Así que yo me lo tomo con calma, no le pregunto si quiere que se las envuelva para regalo, pero lo hago todo muy despacio y luego le digo que me he equivocado en el IVA y todo el rato estoy pensando: ¿Por qué has abierto la boca? Eras un de lunes a viernes hasta ese momento. Ahora eres una mierda.

Michelle (16)

Hablando del asunto


viernes, 30 de diciembre de 2011

Destino Sorata, uno.

El camino a Sorata empieza accidentado. Huimos de Copacabana, no la playa paradisíaca que aparece en los catálogos de las agencias de turismo, no el violento club en que Lola pierde a su amor en la canción de Barry Manilow. Dejamos un pueblo que hiede a cerveza derramada de tanto agradecer a la Pacha Mama, lleno de cholitas borrachas en las calles, orinando encuclilladas con sus coloridas faldas recogidas, con bandas de vientos y percusión que tocan ya sin ninguna coordinación, lleno de indígenas dormidos en la plaza. Acaba de terminar la celebración a la Virgen de Copacabana, un carnaval fastuoso al que viajan miles de bolivianos a bendecir sus automóviles y sus futuros con una extraña combinación de petardos, cidra de manzana y frailes. Peleamos por subirnos a un colectivo que nos saque de ese pueblo, lo logramos como hemos aprendido se resuelven las cosas en ese país atemporal que es Bolivia: una conversación rápida con el chofer, un regateo, y dejar las maletas en el auto como sea. Tener por destino Sorata, un lugar perdido en el tiempo y el espacio, perdido en los confines de la sierra boliviana, ya ha sido una cuestión totalmente fortuita, una parte improvisada de un viaje construido sobre improvisaciones, si es que existiera una construcción de ese tipo. Nos enteramos de la existencia de ese pueblo y sus maravillas en la Isla del Sol, perdida en la mitad del lago Titicaca, una tarde apacible después del almuerzo conversando con un grupo de argentinos que juegan truco y toman hierba. Entonces, terminada la fiesta de la Virgen, con las bandas, los bailes de chinos y morenadas, enrumbamos hacia Sorata en una furgoneta, destartalada como todas las demás.

En el primer furgón vamos rodeados de personas locales. Somos los únicos tres turistas, ya habituados a admirar los inagotables paisajes altiplánicos a través de las ventanas de cada vehículo al que nos subimos. Mientras nosotros miramos hacia fuera, como despidiéndonos para siempre del pueblo a orillas del Titicaca, uno de los otros pasajeros observa con detención como Camilo dibuja el paisaje con el trazo que ha aprendido en la escuela de arquitectura, en un cuadernillo de hojas amarillentas. A la salida de Copacabana se acaban las líneas rectas y los puntos de fuga donde Camilo afirma su dibujo. En la naturaleza reina un orden invisible al ojo humano, mucho más perfecto que cualquier creación civilizada. Mientras bajamos una suave cuesta serpenteante en dirección el estrecho de San Pedro de Tiquina, Camilo comienza a dibujar a las mujeres en los asientos que están al frente nuestro. Su vecino sigue mirando, igual de atento que nosotros el paraje que nos rodea, el croquis de Camilo. ¿Usted es artista? No, lo hago solo por diversión. Así comienza la conversación. Lo hace muy bien, debería ser artista. El boliviano habla español con un acento extranjero. Su verdadera lengua es el aymara o el quechua. ¿Y hacia dónde van? A Sorata. Nos dijeron que vale la pena conocerlo. Yo lo conozco, está hacia allá, dice el hombre apuntando unas montañas enormes que cierran el horizonte. Se ven tremendamente lejanas, como si fuéramos a demorar semanas en llegar. ¿Usted vivió ahí? Si, cuando joven vivía cerca y trabajaba en las minas. ¿Y era muy peligroso eso? Si, pero nunca nos pasó nada. Iba con mi compañero, incluso una vez encontramos una fuente de agua de la que nacía uno de los ríos que desembocan en el lago. Más importante que el mineral es encontrar agua, con ella uno se puede salvar. Nos iba bien trabajando en las minas, hasta que se hizo muy caro y no nos compraron más. En el camino el auto va recogiendo las personas que esperan en la orilla. Una mujer de largas trenzas negras sube con un becerro entre los brazos y se acomoda como puede mirando hacia atrás. Nos despedimos del minero, que se baja unos minutos después. No se ve ninguna casa en las laderas que nos circundan. Probablemente debe caminar un par de kilómetros por pastos secos y rocosos. Caemos en el letargo del viaje incómodo y monótono. Teresa apoya su cabeza en el hombro de Camilo; yo sigo contemplando el exterior. En la llegada a Tiquina hay una especie de club de yates. No todo en el altiplano boliviano permanece en la época inmediatamente posterior a la conquista española. Cruzamos el lugar más angosto del lago Titicaca en un lanchón descubierto. Las orillas deben estar separadas por unos ciento cincuenta o doscientos metros. Debemos volver a negociar para subirnos a otra camioneta que va llena. Primero convencemos al chofer de que hay espacio para nosotros, que nos podemos en el asiento de espaldera, como llaman al tablón con un montón de frazadas que se apoya en el respaldo del piloto y copiloto. Más tenemos que trabajar para convencerlo para que baje el precio. No puede ser el pasaje completo, si ni siquiera vamos en un verdadero asiento y tampoco vamos a La Paz, sino que nos bajaremos en un cruce a mitad de camino. Insiste en que no puede ser, que no es su problema como nos vayamos ni donde nos bajemos. Además el próximo transporte sale en una hora, que no estamos dispuestos a perder en el vacío del Titicaca. A pesar de que su posición es dominante, accede a llevarnos por treinta bolivianos, equivalentes a unos tres mil pesos chilenos. En realidad somos nosotros quienes accedemos a sus condiciones, pero de todas maneras logramos algún descuento, así es que estamos conformes, lo más importante es salir de ahí. En tres semanas nos hemos convertido en negociadores avezados. Al subir los pasajeros nos miran con mala cara, los molestamos a todos con nuestras enormes mochilas. En los asientos frontales a nosotros va una familia de hippies franceses. Los bautizamos Pierre, la Madame y las Petits, padre, madre e hijas respectivamente. Nuestra invasión en la espaldera, a pesar de que vamos casi en posición fetal, con las piernas flectadas sobre unas bolsas de papas y el roñoso neumático de repuesto que afirma el tablón, parece incomodar a toda la familia. Una de las niñas va hablando con su mamá, con cara de “cuanto falta”; la otra, más chica, va apoyada en su papa y parece más calmada. El camino es plano, muy alargado, con curvas suaves y rodeado de pastizales altos y una que otra plantación de papas o maíz. A la derecha se alcanza a divisar, como un espejismo, el lago de un color calipso, reflejando el cielo y las nubes esponjosas. La niña francesa, una adolescente aburrida de viajar incómoda y lejos de sus amigas, no ha parado de quejarse, mayormente de nosotros, en todo al camino y está al borde del llanto. Menos mal nos bajamos antes que estalle. Al hacerlo, Teresa se despide en perfecto francés de la niña taimada, deseándole el mejor de los viajes a ella y toda su familia con una sonrisa amable y socarrona. La petit se pone colorada de vergüenza, su hermana se ríe con ganas y los padres la miran como diciéndole “vez, nunca se sabe”. Merci, également pour vous tous¸ responde el padre.

Estamos en una especie de cruce, en un puesto abandonado que en algún momento sirvió comida o aprovisionó a los camioneros habituados a esa autopista. Empieza a lloviznar y no hay opciones de llegar hasta Sorata, los convoys pasan, pero van atestados. Conversamos con otros turistas que están en la misma situación que nosotros, dos argentinos y una suiza, nos dicen que hay que irse a La Paz y ahí a tomar transporte hasta Sorata, llevan casi una hora esperando. Descartamos en el acto la opción, porque implica más transbordos, alejarse del destino y más demora. Estamos convencidos de que de alguna manera nos la vamos a arreglar, así es que empezamos a hacer dedo a los camiones, lo único que circula además de las convis llenas. Después de un rato nos para un enorme camión de carga rojo que nos ofrece dejarnos en Achacachi, un pueblo más grande desde donde podemos llegar a Sorata. Subimos por una escalinata metálica a la caja de transporte, llena de arena en el fondo. Apilamos las mochilas y las tapamos para que no se mojen, nosotros nos pegamos a la pared más cercana a la cabina. El viento frío se mete al cajón con fuerza, pero al menos agua no nos llega porque nos protegen las paredes, más altas que nosotros. Cuando amaina, nos movemos en la cavidad, de diez metros por cuatro más o menos, jugando y sacándonos fotografías; llevamos 30 minutos por una calle recta que se desprendía de la carretera que une San Pedro con La Paz y de a poco va surgiendo la ciudad, primero ranchos y lugares de industria en la periferia, luego algunas casas y comercios, hasta que ya las casas constituyen el cerco continuo a ambos lados de la vía. Apenas entrando en el pueblo el camionero se detiene en una estación de bencina y nos dice que bajemos, pues no entrará más. Le agradecemos y nos adentramos a pie en Achacachi. Paramos cerca del mercado, a unos quinientos metros de la plaza principal, que no nos interesa visitar porque es igual a todas las demás plazas de los poblados bolivianos y de todos los pueblos perdidos del mundo, con la iglesia a un lado, gente vieja jugando damas, gente joven perdiendo el tiempo, una pérgola para la banda municipal, comerciantes, suciedad, árboles añosos, perros vagos y muchas palomas. El logo de Savory en un almacén me recuerda las tardes de infancia en Santiago después del colegio y las comodidades del hogar. Por un momento dan ganas de volver a la seguridad de lo cotidiano, pero sólo es el cansancio arreciando, aún falta bastante para tener reales ganas volver. La fatiga apenas asoma y aun se imponen a la sensación de soledad la emocionante incertidumbre del viaje y las ganas de conocer.

Nos detenemos en un cruce de calles aparentemente importante, en una de las esquinas del mercado del pueblo. Se supone que todos los vehículos que quieran salir del pueblo deben pasar por ese lugar, así es que por ahí cruzarán los transportes hacia Sorata. Llevamos horas sin comer y los almacenes cercanos nos ofrecen sus víveres. Decidimos una fórmula probada: sándwiches. Encargado del pan, parto a buscar por el mercado alguna panadería, la que encuentro a menos de cincuenta metros. Sigo buscando algo más para armar un emparedado decente, hasta que descubro unas ruedas de queso fresco típicas de Bolivia. Las fabrica y vende una mujer ciega de pelos canos, apostada con un carro en una de las calles paralelas al mercado. Imagino que fabrica los quesos desde que tiene recuerdos y que no ha salido del pueblo desde antes que fuera un pueblo, así es que transita de memoria. No necesita ojos para sobrevivir. Me dice que el queso cuesta, 5, 8 y 10 bolivianos, según el tamaño; con el de ocho parece ser suficiente para los seis panes. Me despido dándole las gracias, a lo que responde mirándome con sus ojos velados por las cataratas, con una sonrisa amable y regalándome unas palabras en su lengua sabia, palabras que no entiendo pero estoy seguro son una bendición para el viaje.

Al regresar al cruce Teresa y Camilo esperan con una bolsa de tomates, un sobre de mayonesa y una botella de Coca-Cola. A quince metros está estacionado un camión amarillo. Mientras armamos el almuerzo con nuestras cortaplumas vemos pasar un par de convis que van a Sorata, pero todas están llenas y ni siquiera se detienen. Uno de los locatarios nos dice que podemos preguntarles a las camionetas que pasan con productos para abastecer a zona. El resto de personas que esperan se suben como hormigas en las partes traseras de camionetas cargadas con troncos y herramientas. La tarde avanza y parece imposible llegar a destino, como si estuviéramos condenados a pasar la noche en Achacachi. Nuestra última posibilidad de salvación está estacionada hace rato a nuestra izquierda: el camión amarillo tiene pintado en el frontis el eslogan “Sorata Gas”, con grandes letras rojas. Según eso debe dirigirse a Sorata. Cuando lo menciono nos miramos diciendo lo obvio sin palabras. Me acerco y toco con los dedos en la ventana; el conductor parece estar durmiendo, pero solo descansa con los ojos cerrados. Se levanta el gorro de Sorata Gas que lleva y me mira extrañado. Con los dedos le digo que quiero decirle algo breve, a lo que baja la ventanilla a la mitad. Hola, buenas tardes, disculpe que interrumpa su descanso, pero estamos en una situación media complicada. Lo que pasa es que queremos llegar a Sorata y hasta ahora ha pasado todo lleno, parece que no vamos a poder conseguir nada. Me fijé que su camión dice Sorata Gas, así es que tal vez usted a hacia allá y nos puede llevar, somos tres, le digo levantando el mentón hacia donde están Camilo y Teresa. Estoy trabajando, contesta reacio. Si, pero, ¿va a Sorata? Si, pero voy a salir más tarde, estoy esperando a un camión para cargarlo con garrafas de gas y después tengo que repartir otras tantas en este. Lo podemos esperar. Si, podría llevarlos, pero si me pagan. Nos quiere cobrar diez bolivianos a cada uno, bastante para las condiciones en que viajamos. Noto que no está muy convencido, lo dice como al aire para ver si caigo. ¿Y si le ayudamos en lo que tenga que hacer, nos podría llevar gratis? Después de un breve silencio, accede. Esperen a que llegue el camión. Yo les aviso. Camilo y Teresa están de acuerdo con el trato. Aunque es arriesgado, no tenemos otra opción.

Junto a nosotros, en la parte trasera del camión, viaja un joven boliviano, una cabeza más alto que el promedio de los bolivianos, vestido con un buzo negro raído, una polera negra con las mangas cortadas y zapatillas. Lo único que lleva consigo es una botella de bebida naranja, unos guantes y una parka que están tirados al fondo del camión. Al subirnos el chofer nos dice que no sabe hablar. Él y el conductor del otro camión lo tratan mofándose. Tiene acné en la mitad de su cara, la mitad que no está desfigurada por un chorro de agua hirviendo que le vertieron cuando niño, antes de que pudiera aprender a hablar. Le dicen Van Damme y será nuestro compañero de viaje en esta ruta arcana. Viajamos en silencio, los cuatro pegados a la pared del fondo del camión, haciéndole el quite al viento, cada vez más fuerte a medida que subimos. Cruzamos un último valle en las riberas de un río que me hace recordar los que se ven viajando hacia el sur en Chile central, de cauce ancho y pedregoso en el verano. Sobre sus bordes rocosos docenas de mujeres secan sus faldas de colores chillones, que parecen enormes donas glaseadas con su forma circular agujereada. Cruzamos un campamento militar en Huarisata, el último lugar antes de iniciar el ascenso. El camión de Sorata Gas nos guía hacia lo alto de la montaña por una carretera en formidable estado, la mejor que hemos recorrido en Bolivia. A pesar de eso, por horas no vemos un solo automóvil, en ninguno de sus sentidos. La carretera, los campos a su alrededor, y la montaña por donde se encarama, están totalmente abandonadas. Únicamente son inundadas por un vaho blanquecino, una niebla que se espesa mientras avanzamos hacia las alturas, que se hace tan densa que ya no vemos al camión amarillo adelante nuestro. Nuestro camión se detiene cuando llegamos al punto más alto de la carretera, en un sitio abierto y empedrado a la orilla del camino, donde las nubes se aligeran levemente, dándonos un descanso. Ahí nos espera el otro. Nos hacen bajar del camión y el chofer con quien hablamos en Achacachi nos pide que esperemos un poco al costado. Los dos conductores conversan dándonos vistazos de reojo. Nosotros intentamos masticar hojas de coca mientras nos miramos en silencio entre la neblina. Van Damme espera, con sus escasas pertenencias en las manos, mirando el suelo sentado en una roca, lejos de nosotros y de los choferes.


jueves, 22 de diciembre de 2011

Cita para el verano


Lo que él realmente necesitaba era una botella de cerveza helada, con la etiqueta un poco mojada y esas gotas frías tan hermosas sobre la superficie del vaso.


La vida de un vagabundo.



miércoles, 30 de noviembre de 2011

Fin de semana.

Despertó y todo a su alrededor era neutro. Era neutro e inerte. Paredes grisáceas, cortinas beige, ventanas polarizadas que opacaban los colores de los árboles, ventanas dobles que silenciaban toda la vida exterior. Un televisor encendido transmitía un reportaje sobre la organización de las abejas. Miles de hexágonos encerados formaban un enorme panal, con un lugar predeterminado para cada abeja obrera, para cada zángano y para una sola abeja reina. Y para miles de huevecillos que se convertirían en obreras, zánganos y una sola reina, de manera perfecta hasta la eternidad. A su derecha, dormida en un sillón, reconoció a su madre, que inflaba y vaciaba el pecho a ritmo lento. En su dedo índice izquierdo tenía conectado un aparato gris y en las venas de la mano una manguerita afirmada con cinta adhesiva, que se perdía a sus espaldas. Imaginó la bolsa de suero goteando y la máquina de pantalla negra, líneas y números de colores, símbolos que, aunque le habría encantado, ya no iba a poder aprender a descifrar. En el velador a su derecha estaba sentada una rana de peluche, color verde claro, sonriendo y con grandes ojos blancos. ¡Mamá!, ¡mamá!, ¡mamá! ¿dónde está Ignacio?

Una caja feliz por favor. ¿Algo más? No, gracias. Tenemos estos tres juguetes, dijo, y mostró un pájaro, una rana y una chancha. ¿Cuál quieres hijo? Se empinó ayudándose con las manos desde el borde del mesón. La rana. Bien, es el que más me gustó a mi también. Sabe, voy a comprar además un helado. ¿Chocolate, manjar o vainilla? De manjar. Se sentaron en una mesa con cubierta plástica imitación de piedra, para que no se notaran las manchas. Las sillas apernadas al suelo estaban alejadas de la mesa y el niño hacía un esfuerzo para comer sin caerse. Era un lugar diseñado para que a las personas no les dieran ganas de quedarse. Era el final ideal de una nueva semana recogiendo las migas molidas por una madre llena de enojo y lanzadas por un juez imparcial, en un ambiente artificial con su hijo prestado. Se estaba acostumbrando a esa tristeza. Su hijo ya estaba en el asiento del copiloto e intentaba alargar el viaje hacia la casa de su madre mientras el sol lo encandilaba por el retrovisor y observaba lo feliz que era jugando con su rana verde, convirtiendo en un refalín el cinturón de seguridad y en una cama saltarina la bandeja frente al asiento del copiloto, hasta que el cansancio de un día aprovechado con su padre lo hizo empezar a cabecear y se quedó dormido, con su cabeza transpirada cayendo hacia el lado de su papá.

La autopista era ancha y permitía que los automóviles circularan con velocidad. Él mismo iba sobre el límite permitido, como casi todo el resto de los conductores. Iban todos envueltos en una inminente situación de peligro, pero se sentían seguros adentro de las máquinas. A los costados grandes edificios encajonaban el espacio plano, edificios que seguían construyéndose, cada vez más altos. Pensó hasta cuando se seguirían levantando esos edificios, de donde salía gente para llenarlos, parecía casi irreal la velocidad a la que su ciudad iba creciendo. La vida que había experimentado en su infancia ya casi no existía en la ciudad, donde poco a poco se acababan las situaciones de interacción espontánea con otras personas, volviéndose todo más impersonal y mecanizado, como el lugar donde hace poco comía con su hijo. La vista solo se abría mientras avanzaba la autopista, que se perdía descendiendo hacia el horizonte, donde el sol bajo cortaba las formas de los cerros. A esa hora los rayos ya no eran fuertes, así es que se quedó mirando fijamente el disco anaranjado unos segundos. Iba por la pista de la izquierda, pegado al muro de contención que separaba los dos lados de la carretera, un montón de pesados bloques de concreto unidos a lo largo de todo el camino, con la ventana abierta hasta la mitad para refrescar el calor que no se iba a terminar hasta meses después, cuando empezara el otoño. La autopista empezó una bajada casi imperceptible, que sin necesidad de que pisara el acelerador apuró aún más el auto. A la distancia observó como caían por el aire a ambos lados del muro, ocupando el espacio entre los edificios, miles de hojas de diario, como si hubieran lanzado montones de enormes panfletos desde el cielo. Entre el viento y las corrientes que generaban los automóviles en movimiento, las hojas no alcanzaban a tocar el suelo y volvían a elevarse, arremolinadas como bailando unas con otras, abriéndose, flotando, doblándose y enrollándose con movimientos sueltos. La luminosidad maravillosa del atardecer hacía brillar estos papeles que abandonaban su estado inanimado. Aflojando las manos del volante y mirando hacia el cielo se acordó de los grandes cardúmenes que nadan al unísono con perfecta coordinación, como si cada pez fuera una escama de otro enorme, reflejando los rayos que se filtran por gruesas capas de mar. Se quedó asombrado admirando este espectáculo extraño, acercando la cabeza al vidrio delantero. Se olvidó por un momento que estaba en la ciudad, manejando en una autopista, mientras el camino doblaba suavemente a la derecha.

martes, 22 de noviembre de 2011

Cita 6

El boxeo no siempre era una profesión agradable, pero no hay muchas profesiones agradables. Por ejemplo un abogado, el sueldo es bueno pero vaya un montón de fango. ¿Y qué me decís de un dentista? La boca de una persona es mucho más fea que su agujero del culo. U otro, un mecánico de coches: manos destrozadas, grasa que no se quita en la vida y estar siempre aumentando los precios un poquito por allí y otro por allá para poder apenas arreglártela. Además la gente se pone absolutamente gilipollas cuando se trata de su coche. ¿Un guardián de zoológico? Tiene que estar todo el día limpiando jaulas con una manga y contestando preguntas del tipo de "¿Las jirafas duermen?". No hay muchas profesiones agradables, pero el boxeo podía llegar a ser horrible.

El ganador.

martes, 25 de octubre de 2011

El pichón y el niño


En el medio de la pista, oculta entre el asfalto, estaba la pequeña paloma. Grisácea, apenas más que un pichón, yacía expuesta a las ruedas de los ciclistas que a esa hora circulaban por la vía.

Había estado desde mucho antes que comenzara la hora de mayor tráfico, cuando ni siquiera empezaba a refrescar y el sol estaba alto haciendo arder todavía el concreto. A esa hora, mientras con sus alas inexpertas la paloma intentaba volar de árbol en árbol para escapar a los calores, su impericia la hizo caer. En vez de ir poco a poco probando maniobras sencillas, volando del suelo a un cable o de una rama pelada a una fuente, o en una plaza donde los espacios son abiertos, entusiasmada por los autos coloridos que pasaban al costado del parque, se aventuró a adentrarse entre las arboledas de la ciclovía. Despegó desde la cabeza de un soldado, dando aleteos torpes y luego planeando inestable, ladeándose a ambos lados, cruzó la avenida hasta parar bruscamente sobre un banco de plaza. Todavía no sabía aterrizar directamente sobre las ramas de los árboles, así es que desde ahí dio un pequeño brinco, agitó las alas recién emplumadas un par de veces, y descansó, ahora si, sobre la ramita de un espino. Observaba atenta, satisfecha de sus progresos aeronáuticos, como pasaban y pasaban rápido los automóviles, rojos, blancos, amarillos, con seres humanos concentrados dentro, solos, hablando con aparatos extraños en las manos, otros parecía que hablaban solos, hombres y mujeres, a veces con niños dentro, todos avanzando y frenando coordinados. Le gustaban especialmente los que más fuerte pasaban, haciendo más ruido, y los que llevaban cosas en un compartimiento trasero, maderas, cristales y otros extraños autos más pequeñitos. Y le gustaban también las bicicletas que pasaban a sus pies, también hombres y mujeres que parecían más concentrados que los que iban protegidos en los autos, con las manos firmes al volante. Se extrañaba de algunas que a pesar del calor se ponían grandes cosas encima de la cabeza, como una nueva cabeza encima de la verdadera. Así observaba circular a los humanos, a la sombra de un espino, hasta que, sin entender como, la abandonó el fresco y empezó a calentarse las plumillas finas de la cabeza. No pensaba dejar de mirar el mundo nuevo que la rodeaba, enorme al lado del nido donde había pasado semanas esperando con el pico abierto a su madre, así es que buscó una nueva rama donde posarse para seguir contemplando el paisaje. El mismo follaje alargado del espino ofrecía lugares más templados, así es que decidió quedarse en el agradable sol y sombra del delgado árbol que la guarecía. Nerviosa ante esta nueva y más riesgosa maniobra, se olvidó de las púas que la rodeaban, y -¡ay!- al batir las alitas extendidas para cruzar el pequeño espacio que la separaba de la rama elegida, se clavó una punta pálida y larga, atravesándole completa la extremidad. Se dio cuenta cuando ya había despegado, cuando estaba enganchada en la espinosa defensa del árbol, se rajó parte del ala y cayó chocando entre el resto del filudo ramaje, hasta dar con el ala buena sobre el asfalto. Con un miembro torcido y el otro perforado, intentó recuperarse, mas lo único que logró fue arrastrarse penosamente unos centímetros por el asfalto caliente. Asustada la paloma trataba de salir de ahí. A todo sol y expuesta a los neumáticos aleteaba vanamente. Se acordaba de la espera segura en el nido, lejos del hombre, lejos de las máquinas, lejos del ruido, lejos de la luz, oculta entre ramitas frescas y hojas verdes junto a los demás polluelos. Intentaba desesperada mover sus alas, pero parecía un pato bañado en petróleo y lo único que lograba era cansarse cada vez un poco más. Hasta que no le quedaron fuerzas. Se rindió cerca de una franja blanca, casi en la mitad de la ciclovía. Quieta ahora, observaba venir desde lejos una y otra bicicleta, cuyas ruedas mientras se acercaban se volvían grandes y filudos discos, girando a toda velocidad capaces de rebanarla. Su horrible y oscuro plumaje se mimetizaba a la perfección con la superficie de la pista, ahora cuando lo que más necesitaba era ser vista. De no ser por sus ojitos naranjos, habría sido un bache más en el camino de los ciclistas, tan inmóvil estaba que a la distancia era imposible reconocerla.

Pero no pasaba desapercibida para todos. Entre el follaje de un ciruelo, una gata observaba impasible las desventuras del pichón. Y más arriba todavía, en lo alto del cielo, un aguilucho había detectado como se movía la triste cabecita de la paloma. Acechó volando en círculos primero, para posarse finalmente en la rama más elevada de un pino, esperando.

Y a medida que la tarde avanzaba, mientras bajaba lentamente el sol y se hacía más resistible la espera de la paloma, más y más ciclistas pasaban junto a sus alas tullidas, más y más autos llenaban las avenidas circundantes, más personas corrían y caminaban a los costados, todos ignorándola, esquivándola a última hora, justo antes de aplastarle, apurados sin detenerse en caso alguno, ni siquiera por la sola misericordia de rescatar un animal pequeño, herido e indefenso. Nadie tenía tiempo para ayudar a un animal sucio, infeccioso y que además abundaba. Quizás, pensaba el pichón, si hubiera tenido los colores alegres de un loro habría inspirado la compasión suficiente para que algún ser humano se detuviera por un segundo. Pero era nada más una paloma. Hasta que llegó, después de una espera interminable, un salvador. En una bicicleta azul con rueditas, un niño pequeño, de no más de cuatro años, pasó junto a ella. Frenó su bicicleta unos metros más adelante y se bajó despacito, sabía que no tenía que parar en la ciclovía y mucho menos bajarse de la bici. No pensó en todo lo que le habían enseñado y advertido sus papás, en los retos que quizás le llegarían, olvidó todo cuando se dio cuenta que podía tocar un animal, un animal que estaba siempre volando y nunca había visto más de cerca que unos metros cuando corría en la plaza tras las bandadas intentando atrapar alguno infructuosamente. Caminó peligrosamente contra el tránsito por donde venía, hasta llegar a donde estaba la paloma. A unos metros de distancia su madre se apuraba gritando ¡Agustín! ¡Agustín! ¡Sal de ahí Agustín! Pero Agustín era sordo a esas alturas. Se agachó conmovido sobre el ave y la tomó entre sus manitos. El pichón volvió a sentirse, por un instante al menos, protegido como en el nido donde recibía comida procesada por su madre. Delicadamente, el niño depositó junto a un tronco, al costado del camino, al pajarito. Le hizo cariño en la cabeza y el cuerpo, diciéndole que no se preocupara, que ya se iba a mejorar, que iba a venir su mamá y podría volver a volar otra vez. Su madre, un poco más tranquila, se había parado al lado con su bicicleta azul. Tras un pequeño sermón sobre los peligros de parar en la mitad de la ciclovía, que lo podían atropellar si andaba por ahí a pie y que no debía volver a hacerlo, Agustín se volteó por última vez a ver a la paloma, contento por haberla salvado. En la casa le iba a contar a su papá que había salvado una paloma.

Mientras Agustín, de la mano de su madre, se alejaba, la gata, que había aguardado observándolo todo desde hace horas, cuando vio volar al pichón desde la cabeza del soldado, esperando que se equivocara, se hiciera daño, que cayera, esperando que se acabara el incesante y molesto paso de los ciclistas protegiendo al pichón herido, que con paciencia infinita había estado oculta entre las hojas moradas del ciruelo, descendió apurada por el tronco, cruzó la vía y se paró junto al animal maltrecho. El aguilucho, ofuscado, continuó buscando ratones desde el cielo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Gracias, Aquilina.

Aquilina.

Tiene sesenta años, camina todos los días desde las afueras de Uyuni, en el suroeste de Bolivia, acarreando un carro con ollas, teteras, un balón de gas, una cocinilla y otros utensilios de cocina, hasta su puesto en uno de los dos mercados del pueblo. Desde las siete de la mañana sirve desayunos, un café, un mate de coca, agua de manzanilla o trimate, a base de coca, anís y manzanilla, por dos bolivianos, y si el cliente quiere agrega un pan por cincuenta centavos. Calienta además en un sartén chicharrón de llama, pequeños trozos grasientos del mamífero más abundante en el área altiplánica, con cortes cuadrados de papa. Por cinco bolivianos sirve una porción, en un bol pequeño, sobre granos de choclo y acompañado con un pan. Ofrece otras viandas, como galletas y bebidas. El gas está siempre dado al máximo, el agua hierve permanentemente, casi hasta evaporarse por completo, vacía y llena de agua unos termos coloridos que están sobre repisas de madera.

La cara redonda, de pómulos marcados que achican por debajo sus ojos pequeños y oscuros, morena curtida por el sol del altiplano, nariz chata, pelo liso, negro azabache, largo y trenzado en dos partes que se unen por las puntas sobre su espalda, como la mayoría de las mujeres bolivianas, observa impasible la peatonal esperando a uno de los pocos comensales que caen a diario. Aquilina está casada con un profesor rural, se encuentran unos pocos días al mes durante los fines de semana. Tiene nueve hijos, cuatro de los cuales están muertos; los demás ya son profesionales, médico, ingeniero comercial, otro estudia derecho, todos a horas de distancia, en Sucre. Dice que los chilenos hablamos muy rápido. Quiere conocer el mar. Se queja contra "el Ivo", porque ayuda sólo a los pobres del campo, les regala computadores, les arregla caminos, les construye escuelas, pero a los pobres que no trabajan la tierra no los ayuda nadie y son más pobres cada día que las cosas básicas suben de precio. Como ella, que vive sola vendiendo unos pocos desayunos al día, que ha sufrido cuatro veces el dolor más grande, apenas imaginable, que resiste el frío y el sol del altiplano; con su cadencia pausada, imperturbable, ese aire cansado que algunos tienen por el rumbo de la vida y el transcurso del tiempo. A las once cierra porque desde esa hora ya no llega nadie.

Abre nuevamente a las seis de la tarde. Prende la cocinilla, calienta el agua y espera sentada mientras se evapora, salteando el chicharrón de llama, acompañada por las locatarias de los lados y un televisor en blanco y negro. Pido un trimate. Bondadosa, Aquilina me presta un tazón enlozado y permite preparar tallarines instantáneos en su cocinilla; le explico como se cocina este alimento novedoso. Sopa de gusanos, dice, le gusta, va a comprar para que su marido coma durante la semana, mientras están alejados. Tiene dos aguayos, el típico manto usado por las mujeres de regiones andinas peruanas y bolivianas, uno hace treinta años, grueso, firme, hilado fino en telar, desteñido; imagino que cargó con el a sus nueve hijos, además de mercadería y cualquier cosa posible. El otro, de colores más vivos y más delgado, hace diez. Le muestro el que compré para regalo, industrialmente fabricado, y con dos dedos abre el entramado de hilos y atraviesa uno, para luego reposicionarlos en su lugar. Si lo usara como los de ella seguramente no duraría más que unos meses.

La lengua madre de la señora Aquilina es el quechua. Me pregunta si quiero aprender. Tres, me dice, son las preguntas fundamentales. Mi cerebro de turista piensa cosas relacionadas con comida, baño y dormir. Pero no tienen que ver con eso. Son mucho más importantes. ¿Ima sutiyki? ¿Maymanta canki? ¿Mayman dishanki? Cómo te llamas, de dónde eres, hacia dónde vas.

Cita 5

18


Con estrépitos de músicas vengo,

con cornetas y tambores.

Mis marchas no suenan sólo para los victoriosos,

sino para los derrotados y los muertos también.

Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.

Pues yo digo que es tan glorioso perderla.

¡Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan!

¡Hurra por los muertos!

Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.

¡Hurra por los que cayeron,

por los barcos que se hundieron en la mar,

y por los que perecieron ahogados!

¡Hurra por los generales que perdieron el combate y por todos los héroes vencidos!

Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.


Canto a mí mismo.